Egipto, el sueño de la sabiduría (París 11 – Francia)

Actividades Culturales

Una tarde de abril, en el distrito 11 de París, unas sesenta personas toman asiento, casi en silencio. Se respira esa atmósfera especial de los comienzos de la tarde, en la que aún hay algo en el aire. No se sabe exactamente qué se viene a buscar: una respuesta, tal vez, o simplemente un poco de coherencia.

Entonces, Thierry Janssen empieza a hablar. No ofrece una conferencia en el sentido clásico. Abre un espacio.

Un espacio en el que la enfermedad ya no es solo un mal funcionamiento, sino una cuestión. Donde la atención sanitaria no se limita a reparar, sino que invita a comprender. Donde el ser humano deja de estar fragmentado.

Lo que se va perfilando poco a poco es una crítica implícita a nuestra modernidad: una época que sabe analizar, dividir, tratar… pero que tiene dificultades para conectar. El cuerpo por un lado, la mente por el otro. El individuo separado del mundo: la vida reducida a una mecánica.

Frente a esto, surge otra visión.

El Antiguo Egipto, tal y como él lo evoca, no es un decorado ni una nostalgia. Es una estructura de pensamiento. Un mundo en el que todo está conectado. Donde el ser humano está atravesado por fuerzas que debe aprender a equilibrar. Donde vivir es buscar una forma de armonización.

Desde esta perspectiva, cuidar de lo vivo no empieza en el exterior. Empieza por un trabajo más discreto, más exigente: poner orden en uno mismo. No un orden rígido, sino un reajuste.

Una forma de vivir la propia vida con mayor acierto.

Este cambio resulta casi inquietante. Porque elimina las escapatorias fáciles. Ya no se trata solo de denunciar el mundo o de querer arreglarlo a gran escala. Se trata de transformarse a uno mismo.

Y quizá sea ahí donde la velada encuentra su fuerza. En esa sala no solo había oyentes. Había rostros atentos, a veces turbados. Como si cada uno reconociera, a su manera, algo que ya sabía pero que rara vez había expresado.

Que lo vivo no hay que dominarlo, sino respetarlo.

Que no se cura únicamente con técnicas, sino con una calidad de presencia.

Y que esa presencia comienza en uno mismo.

Al salir de la sala, nada estaba resuelto. Pero algo se había movido.

Casi imperceptiblemente. Como un ligero desplazamiento interior: una dirección más que una respuesta.

Deja un comentario